Oscar, que vive en Caballito, ya forma parte de la familia del Autocamping del Faro ubicado a unos diez kilómetros del centro de esta ciudad. Un lugar que combina vegetación, playa y mar con silencio y tranquilidad. Como él cientos de personas eligen esta opción para veranear en Mar del Plata por gusto, comodidad y por una cuestión económica ya que resulta más barato que hospedarse en un hotel o un departamento que tuvieron un incremento de hasta un 20 por ciento con respecto al verano de 2010. En el pico de la temporada el predio de ocho hectáreas alojará a unas 1500 personas y colmará su capacidad.
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"El turista tiene todo como para no moverse del camping", resume Antonio De Sarro, administrador y concesionario del lugar donde "se le da más privilegio" a la familia. "Es una propuesta económica, el aire no lo cobramos". Allí el turista puede encontrar todos los artículos básicos para el consumo y con precios accesibles: 7 pesos el kilo de pan; 10 pesos la docena de facturas; 7 pesos los seis litros de agua; 2,60 pesos el paquete de fideos; 5 pesos el litro de aceite; 2,50 pesos los dos kilos de hielo y 5 pesos el paquete de yerba de medio kilo.
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Aunque en un camping se puede encontrar todo lo necesario la gente toma recaudos. "Venimos desde Las Flores y nos traemos todo: carpa, colchones, frazadas, comida, ¡hasta el detergente me traje!", muestra Silvia Flores y lava los platos del almuerzo en un balde y los va enjuagando en otro. "Hay que improvisar un poco", dice mientras su pequeño nieto juega con la madre y su marido descansa en una de las dos carpas ubicadas en la parcela. "¿Por qué me gusta el camping. Por esto [y abre los brazos señalando los árboles y el cielo]. La diferencia entre un departamento y el camping es el aire libre, lavar los platos en un balde es lo de menos, es lo más lindo que hay estar en familia. Te sacás todo de la cabeza".
La naturaleza y la tranquilidad de un parque hacen que la gente se sienta en armonía y la cordialidad fluye. Los que vienen todos los años ya son vecinos de verano que comparten asados, playa, un partidito de truco o un mate. "La gente del camping es especial, se ayuda una a otra", dice Carlos Pauro, de Valentín Alsina, apoyado en su camioneta color champagne en la que se ve un escudo de Lanús. "Sacame la foto acá así mi hijo se pone contento", pide. Para él no hay mucha diferencia económica entre veranear en un camping o en un departamento. Esto lo hace por gusto desde 1998. "Las vacaciones acá son el sol, el verde, el mar y despejar la mente. Es impagable, una pasión y una elección de vida para cargar las pilas".
La carpa de Carlos está al lado de la casilla de Oscar. Después del almuerzo, y antes de bajar a la playa, se levantan de sus reposeras y conversan plácidamente de temas sin sentido: el clima, la comida de Pichi, los árboles que están creciendo y bla, bla, bla. ¿Una perdida de tiempo? Nada de eso, es la vida en estado natural que irradia las vacaciones en un lugar así.
"Se hacen amigos, sí, muchos. Comemos juntos, vamos a la playa, después subo, me baño, chapo el coche y me voy al centro. No te jode nadie. No hay afano, no hay afano. Yo dejo todo abierto y nunca me falta nada", resume Oscar. Luego saluda y deja claro que el próximo año volverá. Después se va, tiene cosas que hacer: sentarse abajo del árbol donde cuelga la jaula de su mascota y mirar hacia el mar. Así puede estar durante horas.
7 de enero de 2011
Fuente: La Nación
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